Quo nos ducis, IA?. ¿A dónde nos llevas, IA?

Aerial View Data Center in Newark, California.Image: iStock by Getty Images

Por Carlos Cosials

Hubiera sido más popular decir “Quo vadis, IA?”, pero hubiera pervertido mi profunda convicción de lo qué es la IA, y que tanto me molesta en afirmaciones que otros hacen, dándole  categoría antropomórfica, inevitable por otro lado, al “interpelarla”, como hacemos en los ‘prompts’, y le pedimos que nos responda como si fuera un humano y, peor, cuando lo hace, pareciendo que nos supera.

Así que no voy a darle todo el protagonismo, de preguntarle, pero, tampoco, la voy a desconsiderar (aunque persista en mi posición de contemplarla como un “artefacto”), pero sí le voy a dar suficiente “entidad”, para considerar que tiene capacidades afectivas, más bien en el sentido de influyente, o de que nos afectan, más que en el sentido emocional.

Es decir, la IA nos está afectando y no sabemos calibrar cuánto, porque no sabemos a dónde queremos que nos lleve. Será una nueva estación, diferente, mejor y peor, con sus claros y sus oscuros, pues no hay tecnología sin ideología, ya que siempre hay propósito.

Así pues, nos toca, tal y como los consultores habitualmente hacemos: (1) fijar dónde estamos, (2) a dónde iremos (o llegaremos) y (3) cómo va a ser esa transición.

Todo esto desde la más humilde intención de compartir más dudas que certidumbres y con el trasfondo del verano de 2026, donde las noticias sobre el asunto no han cesado, ofreciendo una perspectiva vertiginosa de cambios y actualizaciones semanales. Así que, tal vez, cuando estés leyendo esto, algo ya sea obsoleto.

¿Dónde estamos?

Hemos acabado el grueso de la automatización, que ha implicado la aplicación de las tecnologías digitales. Es decir, la introducción y adopción, de las TIC ha permitido que, todo aquello que fuera ‘digitalizable’, (cammbiando el sustrato de “natural”[1] a artificial) se ha transformado a esa nueva naturaleza, provocando cambios en cómo nos relacionamos y manipulamos la información, en pro de la eficiencia. Lo digital permite ir más lejos y más rápido, a un coste ínfimo, comparado con su equivalencia material. Nos ha ido bien y hemos progresado. Las afectaciones han sido menores que las ganancias y, por eso, el conjunto ha sido beneficioso. Algunos sectores o actividades han desaparecido, pero, con la perspectiva de ahora, podríamos afirmar que, en general, ha sido algo bueno.

Las empresas, bajo el auspicio de eso que se ha llamado Transformación Digital, han tenido que adaptarse, aunque podríamos afirmar, con una retrospectiva mayor, que las empresas siempre se están adaptando, y las que no, pues simplemente perecen. Así que la situación es propicia para la adopción tecnológica, pues siempre la hubo.

En noviembre del 2022, emerge en el mercado una nueva compañía, OpenAI, ofreciendo a los consumidores el “ChatGPT”, y creando una nueva categoría de producto, a pesar de que la tecnología ya era conocida en los ambientes académicos y en algunos empresariales, y que estaba presente en el Google Translator que la adoptó en 2019[2]. Esto produjo la misma mágica impresión que años atrás había sucedido con el Google Search.

¿La diferencia esencial? El determinismo mecanicista, que hasta entonces ofrecían las empresas tecnológicas, en sus resultados y/o entregas. Y ello a pesar de que, en sus inicios, Google se presentaba con el lema de “Always in beta”, para indicar la constante novedad que brindaba, aunque también se tenía la lectura clasista de inmadurez del producto.

En cualquier caso, el resultado de una búsqueda era retrospectivamente reproducible, y a priori, el algoritmo reproductor del resultado era consistente, ante un mismo contenido y entorno. Es decir, el responsable de producto de Google Search era responsable, pues era capaz de dar respuesta al porqué su producto daba las respuestas que daba y no otras. Eso fue lo que, igualmente, llevó a dimitir al responsable inicial del producto Search, con la introducción de la IA en su tecnología de búsqueda. Ya no era capaz de responsabilizarse de sus resultados.

Así pues, comparativamente, lo que nos encontramos es que la nueva prestación de la IA es no determinista, debido y gracias a su fundamento estocástico. Es decir, todas las ventajas que, como técnica nos aporta la estadística, aplican, pero con sus carencias modélicas. Lo que quiere decir que no es una técnica que modelice, completamente, comportamientos, sino que se aproxima, en base a su base muestral.

Así que, lo que conocemos como IA, a día de hoy, es un intento de entregar un resultado, sobre una base estadística que, precisamente por ello, resuena a verosímil, pero sin que tengamos la posibilidad de retroceder en el argumentario que lo construyó, reconstruyendo la trazabilidad de la información entregada. O sea, que estamos más cerca de creencias que de factos, lo que pone en entredicho gran parte del método científico, que nos ha permitido avanzar hasta aquí: la demostración mostrada sobre una tesis era reproducible, y por tanto, explicable.

¿Pero, qué es la IA?

Server room with in a Data Center processingImage: iStock by Getty Images

Resumiendo es un acrónimo, de doble término, que se lo ha llevado por delante todo lo que se había abordado hasta el momento, porque mediáticamente, ha conseguido congregar la atención del gran público (B2C) en el asunto, aparentado unos resultados mágicos, dado su antropomorfismo.

Parece que responde, y razona, como un humano, que se halle tras la pantalla. Google Search respondía con increíble velocidad, encontrando lo que, supuestamente, buscábamos, siendo esa su principal virtud, pues nos ahorraba la tediosa tarea de buscar. Nos señalaba las principales referencias, pero no nos armaba (como hasta hace poco) una respuesta conjugada. Ya no es solo, una lista ordenada de referencias, sino que “responde” a la intención de la interpelación (“prompt”) que le demandamos.

Es importante destacar que, en los asistentes de IA o “chatbot”, hay un elemento clave, previo a la respuesta, y es el referido a la interpretación de la interpelación (o prompt) escrita por el demandante. Es decir, de la obsesión de Google Search a discriminar qué intención había detrás de la frase (entendida como conjunto de palabras indicadas por el perezoso interlocutor) que se la entregaba. Por ejemplo, ¿qué se está preguntando en la frase? «Dolor de cabeza al despertar«, donde, además, la interpretación es delicada, pues ¿se está buscando la compra de analgésicos online (transaccional) o se está buscando un artículo médico explicativo (informacional)? Vale la pena indicar que, con el tiempo y la experiencia (punitiva), los buscadores han acabado priorizando la seguridad médica, para este tipo de casos.

Dicho esto y en la rabiosa situación del día de hoy (septiembre de 2026), la oferta de IA, la podemos desglosar en 4 categorías, suficientemente diferenciadas, aunque intercaladas en prestaciones y con una cierta retrospectiva de adopción:

  1. Motor Inferencial
  2. Asistente conversacional
  3. Agente (delegado) operacional
  4. Orquestador procesal

Motor inferencial: se refiere al Aprendizaje Automatizado, que se denominó ‘Machine Learning’ en inglés, y que se refiere a la construcción de modelos de inferencia, de base estocástica, para “anticipar” comportamientos futuros, a partir de la revisión y comprensión de situaciones anteriores análogas, que permiten anticipar situaciones: ‘recomendadores’ y/o detectores de anomalías;

Asistente conversacional: se refiere a los ‘chatbot’ que emergieron a finales de 2022 y a los cuales podemos interpelar sobre todo tipo de materias, sin una previa aportación, por nuestra parte y de la que esperamos una respuesta construida, argumentada y razonada.

Agente operacional: se refiere a la capacidad superior de comandar y no tan solo, interpelar, cuando nuestro “deseo” aspira a que se realice una acción, pasando de esperar una respuesta a disponer del resultado de la acción solicitada: “Una reserva en el restaurante” por ejemplo. En mi opinión la palabra agente es un anglicismo que se traslada incómodamente a nuestro entorno latino, pues hasta hace poco a un “agente” lo hemos percibido siempre, como el representante de una autoridad, en el que se ha delegado su ejercicio. Sin embargo, nosotros, como individuos, hemos delegado, más que agenciado, nuestra autoridad en  personas, por lo que delegarla en artefactos, aún se nos hace más complicado de comprender.

Image: iStock by Getty Images

Orquestador procesal: se refiere al establecimiento de un conjunto de agentes que interoperan para conseguir un fin mayor que el que cada uno de los agentes que lo constituye es capaz y donde, además, se están fijando las necesarias y precisas salvaguardas y cortapisas o, en general, “guardarraíles” como técnicamente se está estableciendo. Este sería, a día de hoy, el mayor nivel de sofisticación alcanzable, mediante el entramado de todas las anteriores características.

¿Qué será la IA?

Con todo lo anterior, hay un aspecto clave que surge: ¿será una infraestructura o una aplicación/plataforma?

De forma análoga a lo que hemos visto con la propia Internet, (que se la llevaron al agua de sus negocios las compañías que ya operaban en el ámbito de las telecomunicaciones) y sus aplicaciones “over the top”, como Google, que no invierte en la infraestructura de la transmisión, pero sí en el del almacenaje y la computación, para aprovecharse de ella y crear otra categoría de negocio, a un nivel de abstracción mayor, estableciendo una “superior”, como la del buscador.

Con este referente, los jugadores en la liga de la IA conversacional y agentica están buscando su escalabilidad para proveer una propuesta, inicialmente individual o B2C, a una del tipo empresarial o B2B, que les permita crear valor, por encima de sus “motores” (o modelos, como los denominan) de inferencia conversacional, y así expandir su capacidad atractiva de demanda de cálculo. 

En ese sentido me gustaría rescatar la analogía automotriz donde la “palanca” que necesito para mover el vehículo es el motor existente, (explotación), pero cuando hay que explorar, para saber hacia dónde, nos hace falta darle dirección, y para eso está el volante, que es el aparato con el que dirigirlo. Así pues, la IA nos llevará a un lugar que será fruto de la combinación entre la potencia y la dirección.

Dicho esto, hay un aspecto clave que, en la aplicación de la tecnología, afectará de forma fundamental, más allá del ámbito laboral: el académico y en su influencia en cómo aprenderemos en el futuro inmediato.

Es innegable que la forma de aprender queda alterada o, como mínimo, cómo se evalúa y acreditará el conocimiento adquirido, de forma que el resto de la sociedad sepamos qué grado de capacitación tienen las personas acreditadas que se nos presentan.

No hay indicios relevantes todavía, que auguren cómo se va a hacer el abordaje del asunto, aunque todo apunta a que se tendrá que enfatizar la adopción de criterio propio en el alumno, y no tanto en la transmisión del conocimiento. Y la educación es fundamental, pues crea las bases de la decisión y la responsabilidad, que luego se aplica en las organizaciones y la sociedad.

En resumen, la IA será una nueva infraestructura (de inferencia) sobre la que se construirán aplicaciones verticalizadas que sepan extraerle valor, por el que pagar.

Tal y como se está observando, tanto por los operadores ‘hiperescalares’ (OpenAI, Anthropic, Google, SpaceX, etc.) como por startups, están emergiendo una serie de aplicaciones focalizadas en resolver algún tipo de problemática concreta, donde el dominio del contexto, permite entregar una propuesta valiosa. Por ejemplo, Anthropic, con su producto Claude y su especialización denominada Code, está creando una aplicación concreta, orientada a la generación de código de lenguajes de programación. Por otro lado, por ejemplo DeepL se ha especializado en la traducción, aplicando la IA y su versión generativa, para ofrecer un servicio.

Y, finalmente, ¿cómo será la transición?

Pues se augura dolorosa, ya que afectará a las élites, entendidas como aquellos grupos de la sociedad a las que se le otorgó la autoridad que se precisa por el dominio del conocimiento, porque su, hasta ahora capacidad de razonar y argumentar era exclusiva de ellas, gracias al esfuerzo que habían aplicado, con su inteligencia disponible. Esto ya se ha visto superado, aunque no de forma genérica, pero augurándose que será de mayor amplitud, gracias a la masiva aplicación de las TIC.

Es decir, el ya despliegue omnipresente de la tecnología digital, como ente superior, que “gobierna” el devenir (concede préstamos, conduce vehículos, …) implica que es un entidad (los sistemas informáticos) que responde a los “comandos” que recibe, en forma de códigos programáticos, expresados en los lenguajes de programación. Entonces, si resulta que esos códigos pueden ser generados por un motor de inferencia generativa, que “responden” a una interpelación que, a su vez, puede haber estado generada por un (otro) agente, tenemos un panorama, cuando menos, inquietante.

Si, a eso, le sumamos la falta de trazabilidad retrospectiva y la estocasticidad del engendro, tenemos un “arma”, endeble en sus fundamentos, pero de una potencia recursiva incalculable de antemano. Se entiende pues, la “pausa” (o bajar el ritmo) que los propios creadores del engendro están demandando ahora, aunque las verdaderas razones puedan ser más económicas, poniendo barreras de entrada, que preocupaciones morales y/o éticas.

Image: iStock by Getty Images
Vernon, California. Data Center

Adicionalmente, el impacto de la adopción va a ser sobre las organizaciones en general y en las empresas en particular. Y muchas se han constituido sobre la base piramidal de la responsabilidad, es decir, de la capacidad de responder a los acontecimientos, de forma responsable y trazable, pero en cambio, estamos viendo que, ahora, ya le podemos pedir a la IA que nos haga un resumen sobre una situación y que, casi, nos entregue un diagnóstico, listo para actuar. Entonces, ¿por qué no le delegamos la actuación? Bueno, esto ya sucede así en la concesión de préstamos rápidos, de monto acotado, por ejemplo.

En todo caso, lo que sí que está sucediendo es que nadie quiere quedarse atrás y la aplicación, es decir, la adopción de la nueva IA, se está ensayando, con una profusión de experimentos/pruebas/pilotos por doquier, por donde atisbar el verdadero impacto y comprobar cuál es la verdadera ganancia, en detrimento de los costes y repercusiones a los que enfrentarse en su adopción.


[1] Un disco de vinilo o un CD-ROM lo consideraríamos “natural”, desde la acepción de que es un objeto asible y, por lo tanto, lo podemos “manipular” con nuestras manos y tocarlo.

[2] https://research.google/blog/recent-advances-in-google-translate/

Image sources

  • Aerial View Data Center in Newark, California.: iStock by Getty Images
  • Server room in a Data Center processing: iStock by Getty Images
  • Data Center in Hunter’s Point, San Francisco: iStock by Getty Images
  • Vernon, California. Data Center: iStock by Getty Images

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